Valeria miró la comida y luego lo miró a él. El hambre era real, su estómago rugía de manera casi humillante, pero su dignidad se negaba a ceder tan fácil ante ese maldito y ardiente hombre.
—No quiero tu comida. Quiero mi ropa y mi teléfono. Ahora —sentenció, cruzando los brazos sobre el pecho, int