CHARLOTTE FLAIR
Habían pasado cinco días enteros y Fred no había dicho ni una palabra. Ni llamadas. Ni mensajes. Absolutamente nada de él.
El silencio me resultaba extraño, incluso inquietante.
Fred no era de los que desaparecen sin decir nada. Por muy ocupado que estuviera con el trabajo, siempre encontraba la manera de saber cómo estaba. Incluso en sus momentos de mayor actividad, me enviaba mensajes, me llamaba brevemente o me recordaba que comiera bien y no me esforzara demasiado.
Por eso,