Darius despierta por la mañana con una quietud que no proviene de un estado de paz ni de sanación.
Tampoco es el violento caos interno que lo ha consumido durante semanas.
Al frotarse la cara con las manos, por primera vez, siente que la ira no lo arrastra activamente en diferentes direcciones.
En cambio, permanece en segundo plano, como algo reconocido pero ya no obedecido.
Se queda en la cama más tiempo de lo habitual, no porque esté evitando el día, sino porque intenta comprender la ausencia