La primera semana como presidenta de Calloway Holdings le había enseñado a Elise una lección importante.
Dirigir una corporación multimillonaria era más fácil que lidiar con personas que creían que no merecía liderarla.
Para el mediodía, ya había firmado docenas de documentos, asistido a dos reuniones, respondido incontables correos electrónicos, y escuchado a Victor Hartwell cuestionar cortésmente casi cada decisión que tomaba.
Se recostó en su silla y se pellizcó el puente de la nariz.
Un gol