Adriana no pudo decir lo que quería, y las palabras se quedaron atoradas en su garganta.
Su mano, que había planeado apartar, no tenía fuerza y se convirtió en una garra débil que descansó sobre el pecho de José, sintiendo su corazón latir fuerte. No se animó a levantar la vista para enfrentar sus ojos ardientes, así que decidió acurrucarse y dormir en sus brazos.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero Adriana se despertó por el sonido de los ronquidos que venían de todas partes. Nunca habí