El hombre que estaba en la habitación sentado en una silla de ruedas tenía una presencia imponente a pesar de su condición. Su porte elegante y altivo, aunque visiblemente afectado por algún tipo de dolencia, no podía ocultar su atractivo físico y la fuerza interna que emanaba. Aunque su cuerpo estaba marcado por una discapacidad, no perdía ni un ápice de su dignidad ni de su fortaleza.
Adriana entrecerró los ojos al observarlo detenidamente. La energía que irradiaba este hombre era exactamente