Capítulo 4

Emily.

El clima ha hecho que vea con más fuerza el día opacado, así como yo misma me siento. Un suspiro es exhalado de mi boca, mientras pienso cómo puedo redactar una cita simple, que me pasó Alice hace tres días.

«Si sigo así perderé mi trabajo»

Una semana ha pasado desde el día en que hablé con mi amigo Alex, de resto ni mensajes ni llamadas, nos hemos devuelto de parte de ninguno de los dos.

Son años de amistad, años de aventuras, risas, tristezas y apoyo incondicional de parte y parte. ¿Qué pasó este año? ¿Fue acaso mi relación con Erick lo que nos distanció? ¿Mi trabajo? ¿Mi falta de atención?

Pensar que ya no estará en mi vida o que no será como antes, me causa muchas emociones juntas que no logro descifrar con claridad.

—¡Explícame! ¿Por qué no tengo lista la redacción que te pedí? —la voz chillona y un poco irritante de Alice para mi ánimo, hace que me duela la cabeza.

—Alice… —digo en tono bajo para que ella entienda que me aturde. Sin embargo, cuando voy a proseguir, ella no me deja continuar.

—También quiero saber, ¿Cómo es que ha pasado más de una semana y no tengo la entrevista con Salvatore, Emily?, como también, tu falta de atención a las otras cosas que te he pedido, como también….

—¡¡¡Alice!!!

La mujer enmudece a la vez que su rostro se coloca rojo de ira, ¿Qué he hecho?

«Ahora sí estoy despedida»

—Lo… Lo, ¡Lo siento, Alice! ¡Perdona!, no me siento bien, me duele mucho la cabeza, ¡Por favor!

—Solo quiero dejarte claro que estás muy atrasada, Emily, y sabes muy bien que no me gusta para nada las personas irresponsables —dice tan seria como nunca, mientras asiento a sus palabras.

—No volverá a suceder, te prometo me pondré al día.

—Eso espero… —dice, y se da la vuelta para retirarse.

Entonces me siento derrotada en la silla, resoplando algunos mechones en mi cara. Y que Dios me ayude, porque ahora mismo, no tengo ni idea de cómo haré para conseguir, ¡el pedazo de entrevista esa!, y más en mi caso y en mi lugar.

El sonido de mi celular me hace despegar de la mesa, y una leve emoción se instala en mi pecho pensando que pueda ser…

Pero no, no es Alex, es su hermana.

Aroa.

—¿Aroa?, pero, ¿y este milagro? —respondo la llamada sorprendida.

—¡Hermana! —contesta ella, mientras una sonrisa se desliza en mi boca.

La pequeña Aroa como todos le decimos, tiene 20 años, así que es la menor de los seis, por ello todos la vemos aún como una chiquilla.

—Cuéntame a qué se debe el honor —respondo.

—Pues no es algo que diga que es un favor enorme —dice y yo tuerzo los ojos—. Pero es que le pedí dinero a mi hermano y…

—No te dio…

—Exacto. Y le tiene prohibido a Bruno que me ayude, ¿Puedes creerlo?

—Eso es algo muy injusto —repongo—. Y más porque quizás va mitad de mes y ya te gastaste la cuota mensual que te da tu hermano, y no es porque te diga que tú malgastas, ¡Para nada!

—¡Emi! —chilla al otro lado del auricular—. ¡Es de carácter urgente!, ¡En serio! Te los pagaré en cuanto entre mi siguiente cuota.

¡Por supuesto!, Aroa no llamaría ni en un millón de años a Sara, y menos a Andrés, ya que estuvo parte de su vida enamorada de él hasta que se dio cuenta de que era un mujeriego sin reparo.

—¿Dime para qué lo necesitas?

—Bueno, esta vez no solo necesito el dinero…

—¡Ah, ¿no?!

—No… Pues es algo simple, te llamo porque quiero que me acompañes al salón de belleza, y así tú también te consientes…

—¿Es en serio?, ¿Pará eso te urge el dinero?

—¡Escucha! —Dice apresurada—. Este fin de semana es muy importante para mí, Emi, y necesito arreglar mi cabello, mis uñas… ¡¡Plisssss!!

Un soplido sale de mi boca.

—Si Alex se entera de esto, me matará, no puedes…

—No le diré no te preocupes… —ella interrumpe—. Aparte él ya tiene una ocupación que lo distrae bastante.

Las risillas de Aroa me erizan la piel al instante, mientras su comentario trata de desestabilizar todo mi cuerpo. ¿Qué ha dicho? ¿Acaso es lo que yo entendí? ¿Pero cómo?

—Saldré más temprano hoy, dime donde te recojo y paso por ti —digo tan rápido como puedo.

—¿Es en serio? Yo, yo… ¡Ay, Emi! ¡Muchas gracias!

—No te preocupes, pásame la dirección en donde vas a estar y te busco a eso de las cuatro. Conozco un sitio genial para lo que necesitas.

—¡Wooow!, ¡Sí! Te la paso cuando cuelgue. ¡Te re amo hermana!

—Y yo.

Cancelo la llamada y las palabras de Aroa comienzan a rondar en mi cabeza como un huracán. Debe ser mi impresión, debe ser mi nerviosismo y todo este tiempo de ánimo bajo, que me están jugando una mala pasada.

¿Y qué si Alex está con alguien? ¡Tiene todo el derecho! ¿Pero es posible que yo su mejor amiga, no lo sepa?

A pesar de todo —y todo es todo—. Alexander Salvatore no me ocultaría nada parecido.

¿O sí?

Recuerdo cuando comencé a diferenciar a Alex de todos los demás. Apenas tenía 10 años cuando nos enteramos de la muerte trágica de sus padres; fue un viernes por la noche cuando mamá estaba en la sala con lágrimas en sus ojos y la cara enrojecida, yo estaba en la cocina buscando un vaso de agua, cuando ella colgó el teléfono y abrazó a papá.

Todos estábamos en el jardín un momento después, cuando con la cabeza gacha se asomaron para dar la noticia. Aroa de siete años comenzó a llorar pidiendo ir con su mamá, mientras que Bruno solo se quedó observando a su hermano mayor, a la vez que las lágrimas se le escurrían por las mejillas. Mis ojos buscaron los de Alex, y él en desespero no sabía a dónde dirigir su mirada, como tratando de encontrar una solución para sus hermanos, y para él mismo.

Como si fuera intuición propia, corrí hacia el chico de diecisiete años que estaba de pie como una estatua sin saber reaccionar o qué decir, entre tanto sus dos hermanos se desmoronaban en la grama. Lo tomé fuertemente de su cuerpo y lo abracé diciéndole que todo estaría bien.

Mamá y papá abrigaron a Aroa y a Bruno, consolándolos por horas, mientras que yo seguí con la cabeza de Alex entre mi pecho, como si se tratase de un cuerpo sin vida. Quizás en ese momento murió una parte de él.

Desde ese momento y a pesar de la diferencia de nuestras edades, fuimos inseparables en todos los sentidos. Mi orgullo no cesaba por él, pues no sé cómo ni por qué, con tanta fuerza, Alexander decidió seguir en negocio de sus padres con la ayuda de los míos. Por ello es que son tan cercanas nuestras familias, a tal punto de tratarnos como hermanos.

Luego de divagar parte de la tarde en pensamientos y recuerdos, tomó la decisión de que no seguiré más con la tontería en la que estoy, Alex es parte de mi vida, y así nuestras vidas hayan tomado diferentes rumbos, no desistiré de su amistad ni de su grata compañía que ha sido tan primordial en mi vida.

Pero primero, deberé saber a qué se estaba refiriendo Aroa.

Toco la puerta de Alice y ella levanta su enigmática cara para alzar la ceja ante mi presencia.

—Hola, Alice… —digo decidida—. Esta tarde adelanté gran parte de cosas, quería pedirte una hora de adelanto para salir…

—¡¿Qué?! —chilla levantándose de la mesa.

—Espera… Necesito acordar con alguien lo de la entrevista, te dije que no sería fácil.

—Espero que se den las cosas Emily, últimamente….

—Se darán —digo cortando, con lo que sea que iba a decir—. Si no necesitas otra cosa… Te pido permiso Alice.

Ella solo asiente y yo envío una media sonrisa de agradecimiento, para por fin salir de mi trabajo e ir rumbo a mi destino.

Coloco en el GPS la dirección de alguna dichosa amiga de Aroa, mientras enciendo bajo, algo de música para minimizar el estrés que he tenido. Luego de unos diez minutos estoy frente a una casa a la que me condujo la dirección, y justo cuando tomó mi celular para llamarla, ella aparece en la puerta.

Y se despide de un chico, —en la boca—.

—¡Hola!, ¡Hola! —dice muy alegre entrando al auto.

—¿Quién es ese? ¿Y por qué lo besas en la boca?

—Porque los novios se besan en la boca, chiquita.

¿Chiquita? ¡Esta niña me matará!

No dije una sola palabra en el trayecto, y al parecer Aroa también entendió mi indirecta. Entonces cuando llegamos al salón, y nos ubican juntas, suelto la rienda de preguntas que necesito aclarar. Orden por orden.

—¿Alex sabe que tienes novio?

—Sabes que no —dice torciendo los ojos—.  Mi hermano cree que soy una niña y que él es mi padre.

Como si me hubiesen dado un puño en el estómago, me irrito enseguida.

—No eres una niña, pero te comportas como una. Además, tienes razón, él no es tu padre, pero aun así te ha dado todo y hasta más, y si te digo para agregar, no era su obligación hacerlo, lo hizo porque quiso.

Las mujeres que arreglan nuestras manos se miran una a otra, mientras que la cara enrojecida de Aroa me observa con espanto.

—No tienes por qué ponerte así —dice en tono muy bajo avergonzada.

—Entonces no seas mal agradecida.

—Solo quiero que no se me restrinja a vivir, Emi, es todo lo que quiero. Mi hermano cree que debo ir por el mundo con una venda en los ojos y virgen hasta los ochenta.

Una bocanada en forma de carcajada se me sale de la boca sin tener control. Aunque suene raro, sé que Alex quisiera encerrar a su hermana para que nadie la vea, ni la pueda tocar.

Niego varias veces mientras ella ríe también conmigo.

—¡Estás más loca que una cabra!

—Soy la alegría de la familia, cariño —dice creída soplando sus uñas.

Entonces mi rostro se pone serio, mientras trato de calmar un poco mis ganas por saberlo todo.

—¿A qué te referías cuando dijiste que Alex ya tenía una ocupación, que lo distraía bastante? —pregunto sin mirarla, como si lo que dije no me importara para nada.

—Bueno… Tú ya sabes… hablo de Dafne.

¿Dafne? ¿Qué Dafne? ¿De quién habla?

¡Entonces es verdad!

Mi ceño se frunce, pero no logro decir nada, no sé qué decir para que no se dé cuenta de que desconozco totalmente el tema.

Entonces Aroa se gira hacia mí sorprendida, para luego llevar las manos a su boca.

—¡Oh mierda! —exclama—. No lo Sabías, ¿Cierto?, ¡Estoy jodida! ¡Mi hermano me matará!

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