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Capítulo VII: Mostrando autoridad

Sin embargo, Carmen aún reprendía al niño al volver. Dayana no comprendía si lo hacía por disimular o por desquitarse con él porque seguía queriéndola. En consecuencia, el coraje de Dayana inundaba su cuerpo. Con rabia e impotencia mezcladas. Así era como llevaba viviendo muchos años; pero no podía dar un paso cerca a la vista de todos o las consecuencias serían impensables.

Le tocó ver el maltrato de lejos. Ver la poca atención que realmente le brindaban. Presenciar el miedo que existía en el cuerpo de Jacobo al ser regañado. El aire se le escapó de los pulmones; mientras las uñas se incrustaban en su palma hasta el punto de sangrar. Jacobo, terminó por agachar la cabeza e irse a sentar a la banca junto a Carmen. Desde la distancia, pudo ver las lágrimas que se negaba a dejar salir.

A Dayana no le quedó más que marcharse. Recogió el bolso que había dejado a un lado y se obligó a retirarse. Cada paso lejos era como un martillazo en su corazón. Había intentado llevárselo antes y como consecuencia, recibió una orden de alejamiento con la amenaza de ser encarcelada si lo hacía de nuevo. Lograron demostrar que ella era un peligro para el niño, arrebatándolo de sus manos; pero no era mejor el trato que ellas le daban. Simplemente, lo alejaron por puro rencor.

Después de caminar un rato, decidió pasar la noche ahí. Quizás, tendría la oportunidad de verlo más tarde; así que se dirigió a un hotel cercano. El pequeño edificio estaba al alcance de su vista. Apresuró el paso. Conforme se acercó, una figura fue tomando forma a la distancia. Las piernas largas, daban pasos amplios. El rostro se volvió claro en el corto tiempo que le tomó cruzar camino.

Era muy extraño encontrarse con él en ese lugar. Por un momento, pensó en ignorarlo; pero sus ojos ya habían hecho contacto. De tal manera que sería absurdo fingir no reconocerlo. Cuando sus hombros estuvieron a punto de hacer contacto, Jaziel se detuvo - oye - Dayana paró sus pies - olvidé decirte algo hace rato - él levantó un dedo y señaló a través de su cuerpo - tienes una mancha en el brazo y en tu ropa.

Dayana se inclinó para encontrar el área que señalaba. El vómito de Jacobo que rozó su piel, se endureció, quedándose pegado; de la misma manera, quedaron las gotas en su ropa y zapatos. Estaba tan distraída que no le prestó atención a su estado. El único alivio que tuvo, fue que al menos no se le impregnó el olor - ah, no me había dado cuenta - metió el brazo tras su espalda.

Jaziel se aclaró la garganta - ¿Vives por aquí? - alargó una pierna, para optar una pose relajada.

-No, solo estoy de paso - se sintió comprometida en el acto y no encontró excusa para alejarse.

-¿En serio?, ¿vienes seguido? - sonrió, con una extraña amabilidad - me parece haberte visto antes.

-No… - pensó una mentira, planeando seguir el juego incómodo - no recuerdo haberte visto, creí que vivías en la ciudad.

-Vivo allá; pero soy de aquí. ¿En verdad no nos hemos encontrado antes?

-No - sonrió - para nada - su objetivo era hacerla hablar; sin embargo, de sus labios no saldría ni una sola frase en dirección correcta a donde él quería.

-¿Ya regresas?, tengo el auto cerca.

-No, aún no.

-Bueno, yo voy a visitar a mis padres. Puedo avisarte cuando me vaya y nos vamos juntos si ya terminaste tus asuntos - retrajo la pierna - dame tu número para avisarte.

Dayana se quedó con la boca abierta. Se encontró en un punto muerto. No supo cómo responder a tal descaro - yo eh… - no le quedó de otra que dictar el número. Todo fue correcto, excepto, el último número - bueno, ya debo irme.

Jaziel apuntó en su teléfono. Viendo la pantalla, asintió - ve - como si fuera una orden de trabajo.

Dayana apretó los dientes. Realmente no eran tan diferentes en edad; sin embargo, él tenía muy marcado en su mente la jerarquía entre ellos. Se marchó y justo cuando llegó a la puerta del hotel, comprobó que él ya se hubiese ido antes de entrar.

El resto del fin de semana, solo tuvo un par de oportunidades para ver de lejos a Jacobo antes de regresar. Para el lunes, recuperó el sueño perdido; así que al despertar tenía mucha energía. Ese día, ninguna mala vibra iría en contra de su ánimo. Pero al contrario de sus expectativas, al llegar a la oficina, el jefe la llamó a su rincón - ¿Sí, señor Jaziel?

-He notado algo mal en ti - Jaziel se tomó la molestia de concentrarse en ella por completo, entrelazando los dedos en el escritorio - tu vestimenta es… - buscó las palabras correctas; mientras Dayana se observó a sí misma de pies a cabeza - incorrecta - aclaró.

-La empresa no tiene reglas de vestimenta. He preguntado a recursos humanos y los zapatos que uso son aceptables - afirmó, sin dejarse oprimir.

-No es adecuado porque desencajas con todos aquí. Mira, las otras mujeres usan falda - un dedo se movió, dando suaves toques en el dorso de su mano - tú estás bajo mi mando directo, así que te pediré un pequeño cambio - Dayana apretó los labios y alzó la barbilla; en tanto observaba la sonrisa escondida tras el brillo en los ojos de Jaziel - ese pantalón es incorrecto. Cámbialo por una falda de tela. Los zapatos lucen mal con la vestimenta formal. Cámbialos por unos más altos. También, debes usar saco y corbata - la ceja de Dayana, crispó - ¿tienes alguna duda? - la cara sonriente de Jaziel dio el toque final al fastidio.

Inhaló. No le devolvió la sonrisa; pero respondió con naturalidad - No, mañana vendré con el uniforme.

-Muy bien - separó las manos - entonces, vuelve a trabajar - Dayana se retiró lo antes posible.

No era que se presentara con ropa cualquiera. Tenía especialmente escogida las prendas que usaba en el trabajo. El único problema era que prefería estar cómoda antes que vestir extravagante para estar sentada durante horas escribiendo en la computadora. Además, si usaba tacones, le dolerían los pies; dado a su costumbre de subir por las gradas.

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