Durante tres días consecutivos, seguí el menú que Miguel había dejado en el refrigerador, sacando las comidas que había preparado con anticipación para el desayuno, almuerzo y cena. Todo me sabía insípido.
Echaba mucho de menos a Miguel, pero no sabía dónde había ido.
En mi teléfono no había ninguna llamada perdida de él. En cambio, había una página entera de llamadas que yo había rechazado, de un número familiar que antes podía recitar de memoria.
Decidí salir a buscarlo, incluso pensé en ir a