Al día siguiente.
Cuando Irene despertó, Robin ya se había levantado.
El hombre estaba parado junto a la ventana, hablando por teléfono.
Vestido de traje, su perfil era anguloso y definido.
Al oír un ruido, Robin colgó el teléfono y se volteó para encontrarse con la mirada de Irene.
—¿Señorita Irene, te gusta tanto mirarme?
Irene apartó la mirada.
—¿Cómo es que aún no te has ido?
—Habíamos quedado en que te recogería al salir del hospital.
Robin se sentó a su lado, notando el rubor en su rostro