Esperaba que asistiera a la fiesta e incluso estuve a punto de pedirle a mi jefe que la fiesta fuera obligatoria para todos los empleados contratados, pero me contuve. No quería forzar las cosas.
Decidí esperar a ver si venía y, si lo hacía, hablaría con ella en la fiesta. Si no, sería en el trabajo.
Pero vino. La vi en cuanto entró en la sala, iluminando el lugar con su imponente presencia. Mientras la miraba parada en la entrada y asimilaba el gran cambio en la sala que antes era la recepció