Levanté la vista y vi el rostro pálido de Tavon. Tenía miedo en los ojos y bajó las manos de mi cara a los lados, resignado.
Con lo deslumbrante que era el miedo en sus ojos, uno pensaría que vio a la muerte; el látigo en sus manos era la guadaña y venía por su alma.
Con los genitales aún colgando de los pantalones desabrochados, se giró hacia la mujer que seguía en la puerta. Con su postura firme, podía notar que tenía una expresión atronadora en el rostro.
"Jessica, yo...", tartamudeó mient