JOHN FOSTER
—No puedo creer que estemos haciendo esto —dijo Rita acurrucada en mi sillón con una taza llena de helado—. ¿Estás de acuerdo que no podré regresar a esta hora a mi casa?
—Te puedes quedar en mi cama… —contesté de inmediato. Su compañía había aliviado un poco mi dolor, pero no del todo. Aún seguía pensando en Avril y en el mensaje que me envió. ¿En verdad me había desechado de esa forma? ¿Era cierto que regresaría con su esposo? Me estaba volviendo loco.
—Y… ¿Dónde dormirás tú?