Su cuerpo se alzó, arqueándose con avidez hacia la fuente de su placer, y a él pareció gustarle su receptividad. Su boca, de repente ardiente y exigente, se posó sobre su piel, imponiéndole un ritmo frenético que latía con fuerza en su sangre, haciendo que el mundo estallara en una oleada de sensaciones vibrantes que se mezclaban con sus agudos gemidos de placer hasta que se volvió insoportable y la oscuridad la envolvió.
Sentía el cuerpo débil, completamente sin fuerzas, la piel húmeda, la men