El amanecer se filtraba a través de las rendijas de las persianas, dibujando franjas doradas sobre el rostro de Dorelia. Dormía plácidamente, ajena al bullicio que se gestaba en la habitación contigua. Andrew, su esposo, se movía con sigilo, preparando una sorpresa que cambiaría el curso de su fin de semana.
Cinco años habían pasado desde que se unieron en matrimonio, cinco años de amor, risas y complicidad. Pero la rutina, como una sombra persistente, había comenzado a colarse en su relación.