Bella estaba reclinada en el sofá largo, con las piernas estiradas y un documento en las manos, concentrada en su lectura.
Pedro, sentado en un sillón individual, apoyaba una mano en la frente y sostenía el teléfono con la otra, como si estuviera recibiendo un informe de trabajo.
La habitación tenía una extraña sensación de desarmonía y, a la vez, de complicidad.
Al escuchar el ruido de la entrada, Pedro terminó la llamada y, con cortesía, saludó a Elena. —Hola, señorita Rodríguez.
—¿Qué haces a