Al oír esto, Julio frunció levemente el ceño y respondió con frialdad: —¿Podrías hablar con más calma?
—¡Pues no veo qué tiene de malo lo que he dicho!
Elena elevó repentinamente el tono, pues a pesar de estar dispuesta a ser una esposa y madre entregada, no por ello carecía de carácter.
—¡Bien, entonces tú habla!
Julio, tras sus gafas, dejó traslucir un deje de sorpresa. Parecía no esperar ese estallido de su esposa, siempre tan apacible.
—¿Has bebido? —le preguntó, percibiendo el aroma del alc