En ese momento, la situación se tornó extremadamente violenta.
El mesero temblaba de miedo, mientras que Anna empuñaba una botella, dispuesta a ayudar a Pedro.
—¡Quédate al margen, no te metas! —le espetó Pedro con frialdad.
Pero Anna, con determinación y a pesar de su fragilidad, insistió: —No puedo, son demasiados, ¡no puedo dejar que te lastimen!
Justo entonces, uno de los matones blandió el puño contra Anna, haciéndola gritar aterrada. Pedro la jaló hacia él y rápidamente extendió la pierna,