Los aduladores de Armando se retiraron. La multitud observaba a Fabio con sonrisas sarcásticas, como si fuera un payaso.
Armando soltó una sombría carcajada. —Señor Álvarez, sin pruebas, no diga pendejadas. Soy un hombre de negocios honesto y trabajador.
Fabio se enfureció. —¡Deja de fingir! ¡Sabes que hay una gran tumba bajo esa tierra, y fingiste pujar para arruinarme!
Tras un largo discurso de Fabio, Armando respondió con una sonrisa despreocupada y tranquila:
—Incluso si supiera que hay una