Habían pasado tres largo años, tres cumpleaños, desde que Isabela comenzó a sufrir. Era invierno.
Yo, con un delicioso caramelo en la mano, miraba por la ventana. Isabela, con un ligero camisón y chanclas, lavaba ropa y zapatos en el frío viento. La imagen me dolía demasiado, me recordaba a aquella vez que ella destrozó mi manta y me obligó a arrodillarme desnuda en la nieve para pedirle perdón.
Había vengado mis heridas, una a una. Sus amigas habían sufrido las consecuencias: algunas habían que