Hubo un tiempo en que… Isabela, con sus secuaces, me arrastraba desde la salida del colegio hasta un auto y me llevaban a su casa.
—Señorita Álvarez, ¡por favor, déjeme ir! ¡Haré lo que me diga! — le suplicaba.
Ella, sin hacerme caso alguno, me empujaba adentro con mucha fuerza, con una expresión de alivio en el rostro.
—Manuela, eres tan guapa… ¿Acaso no quieres ligarte a los hombres? Pues aquí tienes uno, ¡aprovéchalo! — dijo, cerrando la puerta de un solo golpe con mucha rabia. La habitación