Amelia
El rugido de los motores nos impactó en cuanto bajamos del coche. Era fuerte, ensordecedor: metal puro y adrenalina estrellándose contra el aire. Los focos atravesaban la oscuridad, iluminando filas de motos alineadas como bestias inquietas, con sus pilotos preparados y preparados. El olor a gasolina mezclado con polvo y sudor, y la energía que se extendía entre la multitud, era casi tangible.
Me quedé quieta un momento, absorbiéndolo todo. "No me lo perdería por nada del mundo", dijo Ad