Él ya se había quitado la ropa, me presionó y se inclinó sobre mí, yo lo mordía y pateaba salvajemente, gritando por ayuda. Él se comportaba como un leopardo enloquecido, con los ojos enrojecidos y soltó una risa espeluznante. —No eras así, ¿no te gustaba que te follara? ¡Hoy te voy a hacer disfrutar al máximo y luego recordarlo! Ja ja...
—…Suéltame, Hernán... —estaba al borde de la desesperación, esa sensación de náusea abrumadora me invadía de nuevo, en ese momento preferiría morir antes que m