Alice
Comer se había sentido como un pedacito de gloria.
Debía admitir que luego de semanas de tortura comiendo solo raciones pequeñas de pan rancio y duro, cualquier cosa podría ser el paraíso, pero ese desayuno que me estaba comiendo era demasiado sabroso.
Era un sabor único, uno que me recordó un poco a cómo mi padre solía cocinar para mí antes de la guerra.
Una tristeza me embargó de inmediato al recordarlo.
En ese momento, Enya entró a la habitación con unas sábanas limpias y al ver que es