CAPÍTULO LXX

Fira no mintió cuando le advirtió que sentiría un hambre terrible a la mañana siguiente. Las tripas le rugían como si estuviese a punto de caer en inanición; tal era su necesidad de comer, que ni siquiera se percató que la única prenda que llevaba puesta eran las vendas alrededor de sus manos y costillas.

En la mesa del comedor se encontraba un banquete servido, salivaba solo de contemplar las cuantiosas viandas que contení

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