Se oye un largo pitido. Sacudiendo la cabeza, me froto los ojos y me levanto de la silla de ruedas y de la larga mesa de madera. Arrastrando los pies, abro la puerta y recojo el plato de un bollo de canela empapado para llevarlo a la mesa. Desbloqueo el teléfono justo cuando se oye un clic y, cuando levanto la vista, me encuentro con una brillante sonrisa. Hoy es demasiado difícil volver.
—¿Por qué esa cara larga, Cascarrabias? —Asher me empuja, pero vuelvo a mirar hacia abajo sin una respuesta