Tenerla por fin entre mis brazos, me reconforta enormemente, confirmando que he tomado la decisión correcta al estar aquí. Aspiro su delicioso aroma y la lleno de besos.
—No llores —digo, limpiándole las lágrimas.
—Son lágrimas de alegría —asegura.
Toma mi cara entre sus manos y nos besamos, extrañaba tanto sus labios que no quiero terminar el beso nunca.
—¿Por qué no me dijiste que vendrías? —pregunta al separarnos.
—Quería darte la sorpresa, además me sentía muy perdido sin mi brújula.
—