El agua estaba helada.
Metí las manos en la pileta con un leve siseo entre dientes, preguntándome en qué momento exacto de mi vida había pasado de preocuparme por saldar deudas imposibles a lavar mis propias sábanas en mitad del outback australiano, al amanecer, después de haber matado una víbora venenosa con una lámpara de noche.
Si alguien me lo hubiera contado hace una semana, me habría reído.
Ahora solo me concentraba en restregar la tela con fuerza, como si pudiera borrar de las sában