Después de horas manejando había caído la noche y al fin también había llegado, estacione el auto a las afueras y me introduje al lugar cuidadosamente. Miré alrededor y ahí sentado en la banca con su chaqueta negra viendo la luna reflejada en el lago estaba Chad.
Corrí. Corrí hacia él, quién al percatarse de mi presencia volteó y vino a mí igual.
—¡Maldición! Te juro que no se que me paso.. No quería hacerlo. Lo lamento—decía y él me interrumpió tapándome la boca con sus manos. —Solo callate pe