El piso de Dean olía a libros viejos y a la vela de bergamota que siempre encendía cuando estaba ansioso.
Me senté en su sofá envuelta en una de sus sudaderas suaves de la universidad, rodillas metidas debajo de mí, mirando a la nada. Había preparado té que yo no había tocado. La taza ya estaba fría en la mesita de centro.
Volvió de la cocina llevando dos vasos de agua en su lugar. Se sentó a mi lado, no demasiado cerca, dándome el espacio que siempre sabía que necesitaba cuando estaba en carne