No respondí a ninguno de los dos.
Puse el teléfono boca abajo en el asiento del acompañante y conduje con las ventanas bajadas, dejando que el aire frío de noviembre me abofeteara para despertarme.
La ciudad pasó borrosa, terrazas de ladrillo rojo, árboles sin hojas, luces de Navidad ya titilando en algunas ventanas como si el mundo no se hubiera dado cuenta de que mi corazón estaba hecho pedazos.
Terminé en el parque junto al río, el mismo en el que Dean y yo solíamos caminar los domingos por