El suave ritmo de la respiración de mamá llenaba el dormitorio a oscuras. Estaba acurrucada de lado, a no más de tres metros de mí, su silueta apenas visible bajo el tenue resplandor de la lámpara de noche.
Se había acostado temprano, agotada de su turno en el hospital, pero yo no había podido dormir.
Y Elijah tampoco.
Lo oía en el pequeño bar que había en el rincón del dormitorio, el cristal tintineando contra el vaso mientras vertía whisky en dos vasos.
Su espalda ancha estaba de espaldas a m