Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta de la casa de invitados se abrió de golpe con tanta fuerza que rebotó contra la pared. Di un brinco, aún sentada en el suelo a oscuras, con las lágrimas nublándome la foto de la pantalla.
—¡Linda! Cielo, ¿qué coño pasa? —Patricia estaba allí de pie, respirando con fatiga, con la cara desencajada por la preocupación. Aún llevaba el pijama con un abrigo echado por encima, como si hubiera salido corriendo por la puerta en cuanto me oyó llorar.
Intenté hablar, pero no me salía la voz.
—He venido en cuanto me has llamado —dijo, cerrando la puerta de una patada detrás de ella—. Sollozabas tanto que pensaba que se había muerto alguien. Fui primero a la casa principal, aporreando la puerta como una loca. Damien abrió con cara de mala leche. Le pregunté dónde estabas y se limitó a señalar hacia el patio trasero y decir: «Está en la casa de invitados». Le pregunté qué había pasado, por qué no estabas en tu propia casa. ¿Sabes lo que me dijo ese gilipollas?
Patricia soltó una risa amarga.
—Dijo: «Pregúntale a tu amiga» y me cerró las persianas en la puta cara. Un maleducado de m****a. Casi le canto las cuarenta allí mismo.
Por fin me miró bien y le cambió la cara.
—Linda... mi amor, ¿qué ha pasado? Habla conmigo.
No podía articular palabra, tenía la garganta demasiado apretada. Pero aun así me las apañé para explicarle todo lo que acababa de pasar.
Luego levanté el teléfono y se lo entregué con la foto todavía abierta. En la foto: Damien besando a esa zorra joven, agarrándole el culo con la mano como solía agarrarme el mío.
Patricia me quitó el teléfono de las manos. Se le abrieron los ojos de par en par.
Se le quedó mirando fijamente durante un largo segundo y luego le cambió la expresión del rostro.
—¡Pedazo de hijo de puta de m****a! —estalló—. ¿Me estás tomando el pelo? ¿Con esta es con la que se ha estado viendo a escondidas? ¿Mientras te trataba a ti como a una basura?
Nuevas lágrimas me rodaron por las mejillas. Patricia se dejó caer de rodillas y me dio un abrazo apretado. Me desmoroné por completo, sollozando en su hombro mientras ella me acariciaba la espalda.
—Escúchame —dijo con firmeza, separándose para mirarme fijamente a los ojos—. Que le den a Damien. Que le den a esa m****a de hombre. Sigues siendo una puta reina, Linda. Mírate. Lo dejaste todo por él: tu carrera, tu cuerpo, tu vida entera, ¿y así es como te lo paga? ¿Metiéndole la polla a una guarra joven mientras a ti te llama gorda?
Me limpió las lágrimas con los pulgares.
—Estás increíblemente buena. ¿Esas curvas? ¿Ese culo? ¿Esa pechonalidad tan increíble? Cualquier hombre de verdad mataría por tenerte. Damien es ciego y gilipollas. Pero no nos vamos a quedar aquí sentadas llorando por su culo sin valor.
Sorbí por la nariz.
—Dijo que le doy asco... que mi cuerpo está destrozado.
Patricia puso los ojos en blanco con tanta fuerza que pensé que se le saldrían.
—Los hombres como él siempre dicen esa clase de mierdas cuando son ellos los que están haciendo las guarradas. Levántate. Nos vamos de esta jodida casa de invitados deprimente ahora mismo.
—¿A dónde vamos?
—A mi estudio. Esta misma noche. Renovación total. Pelo, maquillaje, depilación, todo. Te voy a volver a convertir en la tía más pibón de la fiesta. Y luego... —Sonrió con malicia—. Nos colamos en su bonito evento.
Dudé, pero la rabia empezaba a abrirse paso a través del dolor de todos modos.
—Vale.
Patricia no me dio tiempo a cambiar de opinión.
Me ayudó a ponerme algo de ropa, me cogió el teléfono y el bolso y me arrastró prácticamente hasta su coche.
Dos horas después, estaba tumbada completamente desnuda en una camilla de masaje en el estudio privado de lujo de Patricia. Las luces eran tenues y cálidas. Sonaba una música suave y mi mejor amiga había echado a todo el mundo para que solo estuviéramos nosotras y sus dos mejores especialistas.
—Relájate, cielo —dijo Patricia, viendo cómo una de las chicas extendía cera caliente sobre mi coño—. Este es el primer paso. Librarse de toda esa m****a descuidada.
Me encogí cuando tiraron de la primera tira, pero de alguna manera el dolor sentaba bien. Como si me estuviera quitando de encima la piel vieja. Me depilaron entera hasta dejarme suave: coño, culo, todo.
Cuando terminaron, uno de los chicos, un chaval alto y musculoso llamado Rico, me echó aceite caliente por todo el cuerpo.
Sus manos eran fuertes, pero que muy fuertes y decididas.
Empezó por la espalda y luego bajó, masajeándome las cachas del culo, separándolas ligeramente mientras extendía el aceite. Me mordí el labio cuando sus dedos rozaron mi coño recién depilado. Me estaba mojando de nuevo.
—Date la vuelta —dijo con voz grave.
Me puse boca arriba. Mis pesados pechos cayeron hacia los lados. Los ojos de Rico se oscurecieron mientras vertía más aceite sobre ellos, masajeándolo contra mi piel. Me amasó los pechos a fondo, haciendo círculos con los pulgares alrededor de mis pezones duros hasta que empecé a agitarme.
—Joder, Linda —dijo Patricia silbando desde el rincón—. Sigues teniéndolo, chica. Mira qué tetas.
Después del masaje, me hicieron el pelo: ondas grandes y voluminosas que me daban un aspecto salvaje y caro. El maquillaje vino después. Labios rojos potentes, ojos ahumados, de todo. Patricia eligió un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, realzando mi escote y tapándome el culo por los pelos.
Cuando por fin me miré al espejo, casi no me reconocí.
Estaba jodidamente cañón. Como la Linda de veintipocos años otra vez, pero más exuberante, más mujer y muchísimo más peligrosa.
Patricia se puso detrás de mí, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Ves? Te lo dije. Cuestión de reinas. —Sostuvo su teléfono—. Por cierto... ese pequeño directo de I*******m que hiciste está por todas partes en los círculos adecuados. Varios hombres muy poderosos te vieron atragantándote con la polla de Damien como una profesional. Me han estado mandando mensajes preguntando quién coño eres.
Sentí que me revoloteaban mariposas debajo de las costillas.
Patricia amplió su sonrisa maliciosa.
—Así que este es el plan: vamos a la gran gala de donantes de Damien esta noche. Vas a entrar allí con este aspecto y vamos a hacer que ese bastardo se arrepienta de cada palabra asquerosa que te dijo. —Sonrió. Siempre viene bien tener a una amiga como Patricia cerca en momentos así—. Esos hombres te vieron chupando polla como una reina. Vamos a hacer que tu marido se arrepienta. Nos presentamos en su evento esta noche.
Me apretó el hombro.
—¿Estás lista para enseñarle lo que ha tirado a la basura?
Miré a mi reflejo y la mujer que me devolvía la mirada ya no parecía rota.
—Sí —dije, con la voz más firme de lo que lo había estado en horas—. Vamos a joderle la noche.







