Mis dedos estaban enterrados hasta el fondo dentro de mi coño chorreante, y yo gemía como una perra en el dormitorio vacío.—Joder, Damien... justo ahí, cariño —jadeé, con la voz ya afónica de tanto gemir.Tenía dos dedos bombeando con fuerza dentro de mi agujero empapado mientras el pulgar me frotaba en círculos furiosos el clítoris inflamado. Arqueaba la espalda separándola de las sábanas de seda, con mis pesadas tetas rebotando a cada embestida desesperada de mi mano. Estaban llenas y doloridas, con los pezones duros como piedras, suplicando por una boca que ya nunca llegaba.Estaba a gatas en nuestra enorme cama king size, con el culo en pompa y la cara hundida de lado en su almohada para poder al menos oler lo que quedaba de su colonia. Mi tanga de encaje rojo estaba apartado a un lado, con la entrepierna empapada y oscura, y los jugos me bajaban por los muslos en chorretones desordenados. Añadí un tercer dedo, abriéndome de par en par, imaginando que era la gruesa polla de Damie
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