Siempre me había imaginado lo que Leila Smith escondía bajo su vestido.
Ella era la razón por la que iba a la iglesia. También era la razón por la que me sentaba en la segunda fila; me habría sentado en la primera, pero quería tener la oportunidad de acariciarme la entrepierna cada vez que se paraba justo delante de mí.
—¿Qué estás haciendo?— me dijo Sophie, mi hermana mayor, regañándome la mano el día que me pilló tocándome el pene.
—¿Qué demonios, Sophie?—murmuré, buscando con la mirada a mi