Amy estaba de pie junto al borde de la cama grande, con las piernas temblando y la piel aún brillante por el desastre del hijo. Miró al CEO sentado en ese sofá de terciopelo. Parecía un rey esperando su premio. El aviso de desalojo naranja en casa se sentía como una pesadilla ahora. Si hacía esto bien, no solo pagaría el alquiler; sería la dueña del edificio. Lo deseaba tanto que casi podía saborearlo.
—Dije que vinieras aquí, Amy —gruñó el CEO. Su voz era profunda y firme.
Ella caminó. Deseaba