Sus pieles resbaladizas por el sudor chocaban, la habitación apestando a almizcle y sexo. Sus manos magullaron mi carne, mordiscos dejaron ronchas, bofetadas volvieron mi piel de un rojo ardiente. Finalmente, después de lo que pareció horas de embestidas repetidas, se corrieron—chorros calientes llenando mi boca y coño, goteando por mis muslos mientras me derrumbaba, completamente agotada.
Descansé durante un buen rato. Tres días completos de nada más que recuperación. La señora a cargo se aseg