—¿Qué demonios estabas haciendo aquí, gritando mi nombre de esa manera? —Su voz bajó aún más, más ronca, cargada de algo peligroso que envió un escalofrío directo a mi clítoris palpitante. Entró en la habitación, cerrando la puerta de una patada con un golpe seco que resonó como mi sentencia. La habitación se encogió, el aire espeso con el olor de mi propia excitación flotando pesado.
Tragué saliva con dificultad, mis muslos resbaladizos y pegajosos por lo fuerte que me había masturbado, imaginando su enorme polla abriéndome.
— Yo... no quería... solo era... —Las palabras salieron torpes e inútiles, mi cara ardiendo mientras asomaba por encima de la manta. Su mirada me recorrió, depredadora, como si pudiera oler el semen en mis dedos.
Cruzó la habitación en dos zancadas, arrancando la manta antes de que pudiera reaccionar. El aire fresco golpeó mi piel desnuda, mis pezones hinchados endureciéndose al instante bajo su mirada. Mis shorts estaban enredados en los tobillos, los labios de mi coño hinchados y brillantes, expuestos y vulnerables.
—¿Solo qué? ¿Fantasizando con la polla de tu padrastro? —gruñó. Su mano salió disparada y me agarró la muñeca, levantándola hasta su nariz. Inhaló profundamente, sus ojos oscureciéndose mientras olía mis jugos que cubrían mis dedos—. Hueles a eso, pequeña zorra. ¿Has estado tocándote ese coñito apretado pensando en que te estoy follando duro?
Un gemido escapó de mis labios, la traición y el calor inundándome. Debería haber sentido vergüenza, pero la forma en que su agarre se apretaba y el bulto en su toalla hinchándose obscenamente hicieron que mis caderas se movieran solas.
—Por favor... no se lo digas a mamá —supliqué, con la voz quebrada, pero incluso mientras lo decía, mi mano libre ardía por alcanzarlo.
Él soltó una risa oscura y burlona que vibró dentro de mí.
—Oh, no le voy a decir una m****a. Pero vas a mostrarme exactamente qué estabas imaginando. —Con un empujón brusco, me tiró de nuevo sobre la cama, abriendo mis piernas. Su toalla cayó al suelo y ahí estaba: su enorme polla, venas gruesas palpitando, la cabeza ya goteando precum como una promesa de destrucción. Se balanceaba pesada y dura, fácilmente el doble de grande que cualquier cosa que hubiera visto, mucho menos tomado.
—Padrastro... no podemos... —jadeé, pero mis ojos estaban clavados en ella, mi boca haciéndose agua mientras imaginaba envolver mis labios alrededor de ese grueso tronco, ahogándome con él mientras me follaba la boca.
—¿No podemos? Estabas gritando para que papi te follara sin protección. —Subió a la cama, sus rodillas separando mis muslos, su polla golpeando contra la parte interna de mi muslo y untando precum caliente en mi piel. Una mano rodeó mi garganta, sin apretar todavía, solo sujetándome allí, poseyéndome—. Abre más esas piernas, zorra. Muéstrame lo mojada que te pusiste gritando mi nombre.
Obedecí, la vergüenza convirtiéndose en una necesidad sucia mientras separaba más los muslos, mi coño goteando sobre las sábanas. Sus dedos se hundieron sin piedad, dos gruesos dígitos entrando en mi agujero empapado, estirándome con una quemadura que me hizo gritar.
—Joder, qué apretada estás —gruñó, metiéndolos y sacándolos, su pulgar frotando mi clítoris con fuerza—. ¿Esto es lo que querías? ¿Los dedos de papi destrozando tu coñito codicioso?
—¡Sí! ¡Oh dios, sí, papi! —gemí, moviendo las caderas para encontrar su mano, la oscuridad en sus ojos alimentando el fuego. Añadió un tercer dedo, abriéndome en tijera, preparándome para lo que sabía que vendría. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, succionándolo más profundo, y se inclinó para morder mi pezón con fuerza suficiente para arrancarme un sollozo.
—Voy a destrozarte —susurró contra mi piel, su polla rozando mi entrada, la enorme cabeza presionando lo justo para provocarme—. ¿Quieres que esta polla gruesa te parta en dos? Suplícalo, niña sucia.
—Por favor —rogué cuando se apartó, mordiendo mi labio inferior con fuerza suficiente para doler—. Padrastro, te necesito. He sido tan mala, soñando con tu enorme polla todas las noches. Fóllame, hazme tuya. —Las lágrimas llenaron mis ojos, no de vergüenza, sino por el vacío doloroso en mi coño, suplicando ser llenado.
Él gruñó, soltando mis muñecas solo para abrir más mis muslos con brusquedad, sus palmas ásperas raspando la piel sensible del interior.
—Suplícalo más fuerte, zorra. Dile a papi exactamente qué quieres. —Sus dedos trazaron mi entrada resbaladiza, rozando los labios hinchados sin entrar, haciéndome mover las caderas con desesperación.
—¡Oh dios, méteme los dedos primero! ¡Estírame para que tu polla gruesa pueda clavarse dentro! —grité, agarrando puñados de las sábanas, mi voz rompiéndose en sollozos de frustración. Él rio con oscuridad y finalmente deslizó dos dedos gruesos en mi calor empapado, curvándolos contra ese punto que hizo estallar estrellas detrás de mis párpados. Gemí alto, mis paredes palpitando alrededor de la invasión, su pulgar frotando mi clítoris en círculos bruscos.
—Así, córrete en mis dedos como la puta que eres. —Se inclinó, atrapando un pezón entre sus dientes, mordiendo con fuerza mientras sus dedos bombeaban más rápido, abriéndome en tijera. El dolor me atravesó, transformándose en placer eléctrico mientras me retorcía, besando su hombro de forma desordenada y lamiendo la sal de su piel. Sus mordiscos subieron: mordisqueando mi clavícula, mi cuello, marcándome con ronchas rojas que se convertirían en moretones al día siguiente.
Me aferré a su espalda, atrayéndolo más cerca. Nuestros labios se encontraron en un beso apasionado. Nuestras respiraciones se mezclaron, la suya guiando la mía, atrapando mis suaves sonidos mientras añadía otra caricia, alargando el momento con suavidad. Un calor se extendió con cada movimiento, la habitación llena de ecos suaves y mis susurros:
—Más, por favor... ¡Abrázame más fuerte, bésame profundamente! Quiero estar tan cerca de ti...
De repente se apartó, dejando una sensación de anhelo. Un suave suspiro escapó de mí. Ajustó su ropa y se reveló: fuerte y listo, tal como lo recordaba. Trazó mi calor, compartiendo la cercanía, demorándose en el borde hasta que me perdí en la sensación.
—Pídelo una vez más —dijo suavemente, mordisqueando mi oreja, su aliento cálido cerca.
—¡Sí! ¡Padrastro! ¡Abrázame fuerte y compártelo todo! ¡Haz que este momento sea nuestro! —supliqué, envolviendo mis piernas alrededor de él, guiándolo hacia adentro.
Con una respiración profunda, se unió a mí por completo, la conexión fuerte e inmediata. Jadeé, la intensidad era una mezcla de calor y plenitud mientras lo sostenía cerca. Se movió con propósito, profundo y constante, cada movimiento uniéndonos más. El ritmo creció, su presencia tocando cada parte de mí, convirtiendo mis palabras en suspiros suaves.
Me besó con ternura durante todo el tiempo, sus labios rozando los míos mientras me sostenía, sus manos acariciándome suavemente.
—Quédate conmigo, ahora eres parte de esto... todos los días. —Alcancé el clímax alrededor de él, temblando suavemente, atrayéndolo mientras las olas me recorrían. Él me siguió, manteniéndose firme, llenándome con su calor hasta que nos calmamos juntos.