Tan pronto como salieron las palabras de su boca, Hazel soltó su agarre, y Edo cayó al suelo como un fideo cocido, débil e inerte.
El líder se apresuró a comprobar si respiraba y, al sentir que Edo aún estaba vivo, soltó un suspiro de alivio.
—Les hemos contado todo lo que sabemos. Cada deuda tiene su causa. ¿Pueden darnos una salida?
En la oscuridad, Hazel no podía ver sus expresiones, pero podía imaginar el miedo que sentían.
Si esta vez hubieran atacado a una chica normal, sus caras probable