Los jadeos reprimidos y el sonido del flujo de masturbación me llegaban a los oídos sin cesar. Solo podía controlar mi respiración con todas mis fuerzas.
Estaba a punto de asfixiarme, como si estuviera en un horno. Cada segundo era una tortura. Sentía que se me acababa toda la fuerza de voluntad que había acumulado en mi vida.
No sé cuánto tiempo pasó, pero mi paciencia llegó al límite. Pensé: "A partir de ahora, da igual lo que pase", quería castigar a esa mujer provocadora, como aquella noc