Joven profesor 3.
“¿Contar qué?!”
Su mano cayó de nuevo sobre mi culo, fuerte y magullante. Grité, el escozor floreciendo en calor.
“Uno”, me indicó.
“Uno”, jadeé, con la voz temblorosa.
Me azotó otra vez, más fuerte. “Dos”.
Para el cinco, mi piel ardía, mi coño palpitaba de necesidad.
“Diez”, ya no podía soportarlo más.
“Por favor... por favor para”. Supliqué.
“Sigue contando, consentida”.
Once, doce, trece, catorce,
“Quince”, sollocé, casi rota.
Cada azote hacía que mi culo se pusiera rojo y caliente, el dolor