La hora punta del almuerzo en el Rosie's Diner siempre era un asalto de aceite de freír chisporroteante, pesada porcelana tintineando y voces impacientes superpuestas.
Chloe equilibraba tres platos de huevos grasientos y croquetas de patata quemadas en su brazo izquierdo, abriéndose paso por los estrechos pasillos de linóleo desgastado con una facilidad nacida de la práctica. Su delantal ya estaba manchado de kétchup, y le dolían los pies en sus baratas zapatillas de lona, pero su mente estaba