—Ya me siento mejor, ha sido solo un pequeño mareo. —Lo miró con sus grandes ojos flotando en su rostro aún pálido
—. Si ese café con leche es mío, me lo tomaré de inmediato, no he desayunado. —Confeso tomándolo con dedos temblorosos aceptó la taza que don Joseph presto le entregó, sin ver los ojos grises del más joven que no dejaba de mirarla.
—Aprovechando que su padre y ella parecían haberse olvidado de él, regresó a su asiento y se dedicó a observarla con detenimiento, su figura la percibía