La comida se comió en un silencio casi total. Los filetes estaban perfectos —jugosos, bien sazonados, hechos exactamente como a ella le gustaban—, pero le sabían a ceniza en la boca. Ryker comía mecánicamente, los ojos en su plato, respondiendo a sus ocasionales intentos de charla con gruñidos o sílabas sueltas. Cada vez que sus miradas se encontraban a través de la mesa, el aire crepitaba. Él apartaba la vista primero cada vez.
Después ella se ofreció a recoger. Él se lo permitió, retirándose