Acababa de salir de la ducha cuando sonó el timbre. Mi cuerpo todavía vibraba por el agua caliente, la piel sonrojada, las gotas trazando caminos perezosos por mis muslos. No me había molestado en ponerme ropa interior; la bata era de seda verde esmeralda, fina, que apenas llegaba a medio muslo y estaba atada sueltamente en la cintura. Era una de esas prendas que me ponía cuando quería sentirme sexy para mí misma, porque Joe ya ni siquiera se daba cuenta.
Joe. Mi marido. El hombre que me había