Al llegar a las sillas con mi perra, mis amigas también se sentaron con sus mascotas. Ellos se alejaron, viajaron con su uniforme, otro que tenía un trasero apetecible era Yasar. Los otros dos normalitos, aunque uno era acuerpado y el otro atlético. Desde nuestra mesa los vimos hablar con el señor que atendía.
—¡Ea Ave María, pero quien pidió pollo! —soltamos una carcajada—. No me digan que no les han echado el ojo a esos bombones.
—Son profesionales… —miramos a Lía—. Y sin ser unas bellezas de