En medio de las repisas con escasos libros y unas cortinas que cerraban con elegancia las ventanas, se encontraban Nathan y su esposa.
«Me iré mañana a primera hora», pensó Ariadna, con la vista fija en el rostro serio de su marido.
Él le contaba cosas sobre la visita de su padre; algunas le parecían verídicas y otras bastante fantasiosas. La joven prestaba atención con una mezcla de tristeza y humor involuntario. Nathan hablaba y hablaba sin importar que su discurso careciera de elocuencia.