Las carcajadas forzadas de Ariadna vibraron en la habitación. Los vellos de su nuca seguían erizados.
―Aquí hay un enorme problema y eso es que ni amo a tu hermano y menos te deseo a ti. ―Lo apuntó con el dedo y le espetó con la voz temblorosa.
Nathan le apretó ambas mejillas con una mano y la llamó mentirosa. En esa posición la diferencia de estatura resultaba difícil de ignorar.
―Mujer, deja de ser tan rígida ―prosiguió él.
―¡No me toques! ―Ella movió el rostro y se quejó de lo confian