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A la mañana siguiente despierto abrazado a ella entre gruesas sabanas por el frío que hace en este lugar.
Solo escucho el canto melodioso de muchos pajarillos, hay una serenidad total, no hay ruidos de vehículos.
Toco sus piernas por debajo de la sabana.
—¡Buenos días, princesa!
—Buen día, ¿cómo amaneciste Caden? —indaga y también acaricia mis muslos bajo la sábana. Es adrenalina para mí sentir su ternura.
—Muy bien, ¿y tú?
Así nos damos los buenos días tiernamente como debe