Cuando Gabriel llegó al depósito de cadáveres, lo primero que vio fue el cuerpo de un niño pequeño, cubierto por una sábana blanca. El capitán negó y retrocedió, sin atreverse a entrar.
—No puedo, Reed... ¿cómo voy... cómo voy a decirle a la mocosa...? Sería mejor morirme de una vez...
El detectiv